Correo Electrónico
Se recomienda utilizar Mozilla Firefox
para visualizar correctamente el sitio.

vencimientos

Treinta y Tres y sus barrios

plano_de_33

logo-policlinica

Poema a Dionisio PDF Imprimir E-mail

ROMANCE DE DIONISIO DÍAZ

Serafín J. García – 1949

I

RAZON DEL CANTO

Dionisio, niño infinito,

Niño esencial y perpetuo,

Mojón de amor enclavado

Sobre la muerte y el tiempo:

Desde la flor sin otoños

De tu sangre, niño inmenso,

La raza gaucha levanta

Su signo heroico y fraterno.

Muchacho de sol y trigo,

Simbiosis de campo y cielo:

Para cantarte quisiera

Tener la voz de los vientos

Caminadores y ariscos

Que musicaron tus sueños;

Poder sonar el clarín

Matinal de los horneros,

Cuya franqueza rotunda

Te ancheó las puertas del pecho;

Resucitar las palabras

Que habló la lluvia en tu alero,

Y de tus breves veranos

Desanudar el acento;

Asir el son de tus pasos

Madrugadores e inquietos,

Y empañarle el rostro al día

Con la niebla de tu aliento.

Y también hundir quisiera

Las antenas de mi verso

En la matriz de la tierra

Que dio la cal de tus huesos.

Y aprender tu abierto llano

Flor a flor, trébol a trébol,

Y arder en los libres soles

Que doraron tus cabellos.

Sólo así podría mi canto

Desceñir el haz del tiempo

Que apagó tus mariposas

Y enmudeció tus jilgueros.

Sólo así reencendería

Mi voz tu acendrado fuego,

La luz azul de tus ojos,

Tu lustral sangre sin miedo,

Y el puro amor que ensanchaba

Tu corazón de lucero.

Pero he de cantar, no obstante

La opacidad de mi acento,

Esta canción obstinada

Que me calienta los huesos,

Y en la inquietud de la sangre

Me labra caminos nuevos.

Y he de cantarla, Dionisio,

Por el niño que aun conservo

Vertical sobre mis días,

Desmintiéndome el invierno,

Allegando madrugadas

A las noches de mi esfuerzo.

Y también por otros niños

Que mis ojos aprendieron

En tu pago y en mi pago,

Pena a pena, sueño a sueño.

Por los niños campesinos,

Todos tristes, todos serios,

Pies que hiela el blanco junio

Y que quema el rojo enero,

Tiernas manos sin juguetes

Agrietadas a destiempo,

Mustias bocas doloridas

De pan duro y de silencio.

Es por ellos sobre todo

-tu lo sabes, niño inmenso-,

Es por ellos tus hermanos

Rubios, indios, pardos, negros,

Por afuera tan distintos,

Tan iguales por adentro,

Todos ellos refundidos

En tu amor y en tu denuedo,

Por la herida de tu vientre

Desangrados todos ellos,

Que mi opaca voz pretende

Revivir tu heroico gesto,

Historiar la hazaña enorme

Que salvó tu luz del tiempo,

Para izarla en la memoria

Fiel y cálida del pueblo

Como un hito de la vida,

Cual semáforo perpetuo

Que ninguna noche apaga

Ni derriba ningún viento.

Es por ello –tú lo sabes,

Niño gaucho- que te ofrezco

Este canto que me sube

De la sangre y de los huesos.

II

LA FAMILIA

Era un llano soledoso

Sobre el cual el tiempo lerdo

Desmadejaba sus días

Y sus noches en silencio.

Inmensidad sin memoria

Para el hombre y sus desvelos,

Ni caminos lo aprendían

Ni lo historiaban recuerdos.

Y era sobre el llano el rancho

Con su destino pequeño

-fraternidad de terrones

Combatida por los vientos-,

Y en el rancho una sencilla

Familia de chacareros,

Atada siempre a la tierra,

Pendiente siempre del cielo,

Fluctuando entre los vaivenes

De la esperanza y el miedo.

Juan Díaz –silencio huraño,

Tez curtida rostro quieto,

Anchas manos aradoras,

Torpes pies de paso lerdo-

Fatigaba su insondable

Corazón bajo aquel techo,

Mientras los años secaban

La espiga de sus recuerdos.

Y a su lado, sus zozobras

Y esperanzas compartiendo,

Nuevos causes de la vida

Prolongándole en el tiempo,

Manos nuevas, en el surco

Su destino repitiendo

Con idéntica paciencia,

Con igual obstinamiento,

Un hijastro y una hija

Unidos por hondo afecto.

El, Eduardo, habilidosos

Labrador y carpintero

-lisiado, un pie de madera

Por sus propias manos hecho-,

Expresándose en el árbol

Y el maíz, idioma eterno;

Afiliados alma y brazos

Con amor al noble esfuerzo.

Y ella, María, muchacha

Sin represas en el pecho,

Corazón a flor de labios,

Inocencia a flor de cuerpo,

Dócil tierra que a la vida

Su tributo iba rindiendo,

Fértil vientre ya frutado

Por dos gérmenes diversos.

De ese vientre procedía

-claro fruto temprano

De un amor desnudo y libre

Como el sol y como el viento,

Que por se de amor venido

Era alegre, dulce y bello-

El impar Dionisio, el héroe

De la historia que aquí cuento,

Rubio niño de nueve años

Con el sol en los cabellos

Y por ojos dos enormes

Gotas límpidas del cielo.

Y, como último retoño

De aquel núcleo chacarero

-nuevo surco de la vida

Que labrara un amor nuevo-,

Marina, que ya ensayaba

Sus primeros balbuceos.

Cinco seres que en la vida

Su destino iban cumpliendo

Sobre el campo sin memoria,

Llana el alma y hondo el sueño.

Cinco sendas paralelas

Internándose en el tiempo,

Ya en el fin la más antigua,

La más nueva en el comienzo.

Los mayores laboraban

De alba a noche, graves, serios,

Sol a sol sobre la nuca,

Surco y surco bajo el pecho,

Un camino sin variantes

Siempre haciendo y deshaciendo

-rancho y chacra, chacra y rancho-

Con iguales pasos tercos.

Y después la muda rueda

De cansancios, junto al fuego

Sin más voz que la del mate

Deslizando en el silencio

Vagos, tímidos llamados

A un común esparcimiento

Que pusiera entre alma y alma

La luz franca de un afecto,

Aliviando así la amarga

Soledad de cada pecho.

Vano empeño, puso Juan Díaz,

Siempre arisco, siempre hermético,

No franqueaba nunca, a nadie,

Corazón ni pensamiento.

Y los hijos, su inmutable

Voluntad obedeciendo,

Acabaron por tornarse

Poco a poco, sin remedio,

Enigmáticos islotes

En el mar de aquel silencio.

Tal el mundo en que Dionisio

Su niñez iba viviendo;

Mundo hostil, que puso diques

A su gárrulo contento

Y un precoz aire de pena

Dio a sus ojos color cielo.

Tal el ámbito invariable

Que amustiaba el verde tiempo

Del candor y de la gracia,

La pureza del comienzo,

En el alma de aquel hijo

Del amor, alegre y pleno.

Hoscos días solitarios,

Sin juguetes y sin besos;

Noches huecas, y desprovistas

De leyendas y de cuentos;

Sucesión de horas iguales

Entre un sueño y otro sueño,

Que poblaban solamente,

Dramatizando el silencio,

Los suspiros de la madre,

La tos bronca del abuelo,

Y el coloquio misterioso

De los árboles y el viento.

Pero estaba allí la tierra

Generosa, repitiendo

Mies a mies, cada verano,

Su lección de amor eterno.

Y la vívida alegría

De los pájaros inquietos,

Que llenaban las mañanas

De canciones y aleteos.

Y la humilde flor del campo

Su alma cándida esparciendo

A lo largo de los días,

Con ahincado y dulce empeño.

Y el zumbido de la abeja

Laboriosa, y el ejemplo

Del arroyo que pasaba

Siempre alegre, siempre nuevo,

Revelando piedra a piedra

Su destino de viajero,

Sol a sol desanudando

Sus más íntimos secretos.

Poco a poco fue Dionisio

Su alma lúcida embebiendo

De ese idioma in formulado

Que le hablaba el universo;

Descifrando poco a poco

La honda clave del ser pleno

Que su ubicua voz le abría

Desde el agua y el insecto,

Desde el brote de la rama

Y el rumor del pasto nuevo,

Desde el pulso imperceptible

De la espiga en crecimiento,

Desde el hueco de los nidos

Y el latir de los polluelos,

Y el trasiego de la savia

De un renuevo a otro renuevo,

Y el zurear de las palomas

En la copa de los ceibos.

Supo entonces con profundo,

Con raigal conocimiento

A su sangre incorporado,

Radicado en carne y huesos,

Que la vida vale siempre

Toda lucha, todo esfuerzo

Por vivirla dignamente,

Noblemente, a pecho abierto;

Que el amor que un ser irradia

Más allá de toda muerte,

Siempre encuentra puerta y eco

Más allá de todo miedo;

Que su llama sobrevive

A la noche de los cuerpos,

Y perdura su latido

Sobre el tiempo y el silencio,

Ya en el rostro de una estrella,

Ya en el ojo de un veneno,

Ya en el canto de la lluvia,

Ya en la música del viento

Que destreza colmenares,

Suena juncos, risas esteros,

Y transporta flor y aroma,

Trino y ala, nube y sueño.

Lo aprendió desde la sangre,

Sin palabras, sin conceptos,

Fibra a fibra de su carne,

Poro a poro de su cuerpo.

Lo aprendió naturalmente,

Sin pensar en aprenderlo,

Como aprende el trigo a erguirse,

Como el ave aprende el vuelo.

Y no tuvo, desde entonces,

Soledades en su pecho,

Ni tristeza en sus ojos,

Ni en su corazón recelos.

Un sentido constructivo

De la vida, un gran deseo

De servirla en sus designios

Más profundo y más bellos;

Un afán incontenible

De ser útil, de ser bueno,

De pujar con las raíces,

De fulgir con los luceros,

De ser gota de la lluvia

Cuando estaba el campo seco,

De sumarse a los tizones

Que amansaban el invierno;

Un impulso permanente,

Un porfiado y hondo anhelo

De abarcar con la alta llama

De su amor al mundo entero,

Enseñóle desde entonces

A ver claro el rancho negro,

Confortable el duro catre,

Dulce el rostro del abuelo,

Y granado de canciones

El hermético silencio

Que velaba cada noche

La familia, junto al fuego.

Tal el alma prodigiosa

Que alentaba en aquel pecho

Tal la luz que ardía en el héroe

De la historia que aquí cuento.

III

LA TRAGEDIA

La amarga noche de mayo

-borrón de silencio y frío-

Aprisionaba en un brete

De angustia los ranchos míseros.

Ciegos fogones dolían

En los ojos campesinos

Dolor de brasas ausentes

Y encanecidos ladrillos.

Y los grasientos candiles,

Con su llanto desvalido,

Lágrima a lágrima iban

Midiendo el tiempo remiso.

Todo el campo era un asecho

Sin voces y sin latidos,

Una fatídica espera

Llenas de miedo antiguos.

Tiesas lechuzas clavaban

En los postes su sigilo

Y taladraban lAs sombras

Con sus ojos amarillos.

Murciélagos fantasmales

Revolaban, sibilinos,

Trazando signos aciagos

En el aire quieto y frío.

Todo el campo era una espera

Dura y tensa, un vaticinio

De tragedia ineluctable,

De ancestral determinismo.

La presencia de la muerte

Nivelaba en un atisbo

Fatalista y resignado

Piedra y árbol, cardo y nido.

Y el drama irrumpió de pronto,

Resumido en un cuchillo

Que puso lívido el aire

Con su relámpago frío.

Juan Díaz, el insondable

Labrador enloquecido

Por quien sabe qué visiones,

Por quién sabe qué delirios

Germinados en el fondo

De su hermético mutismo,

En el caos incontrolable

De sus meandros instintivos,

Buscó en la muerte respuestas,

Buscó en la sangre caminos

Al ciego resentimiento

Contra la vida, al antiguo,

Tenaz rencor, que espoleaba

Su voluntad de exterminio.

Fue María la primera

Que el acero hirió. Su grito

Se derramó por la noche,

Suplicante, desvalido,

Deshilachando sus ecos

Entre las sombras y el frío.

Contra el pobre cuerpo inerte

Se alzó de nuevo el cuchillo,

Roja centella implacable

Rasgando el aire aterido.

Pero ya entre pecho y arma,

Pleno de amor y heroísmo,

La noble sangre ofrecida

Por entero al sacrificio,

Sin flaquezas y sin llantos,

Sin temores y sin gritos,

Oponiendo sus nueve años

A la muerte, estaba el niño

De los ojos color cielo

Y el cabello color trigo,

El más alto paradigma

Del valor afirmativo,

El Dionisio inmensurable

De esta historia que aquí digo.

Y fue vana la amenaza,

Vano el gesto imperativo,

Vano el empellón violento

Muchas veces repetido:

Siempre estaba el niño heroico

Entre victima y cuchillo.

Hasta que al fin el acero

Del vesánico asesino

Hirió el brazo, hirió la ingle,

Hirió el vientre de Dionisio,

Y sólo entonces Juan Díaz

Pudo cumplir su designio.

Cuando el niño vio a su madre

Caer, cuando el asesino

Se inclino para ultimarla

-ya hasta bestia descendido-

Y oyóle gritar, frenético:

"!con todos haré lo mismo!",

No sintió más sus heridas

Ni vio de su sangre el río

Descender, buscando cause

Entre las grietas del piso.

Otra hazaña sobre humana

Reclamaba su heroísmo;

Otra vida dependía

De su amor y de su brío.

Allí, en la rústica cuna,

Tan inerme como un lirio,

Dormía Marina su sueño

Inocente y pequeñito.

La alzó el niño entre sus brazos,

Corrió hacia el rancho contiguo,

Y sobre el lecho de Eduardo

Dejó el tierno cuerpecillo.

Y allí guardó silencioso,

Desangrado y aterido,

Sosteniéndose en su heroica

Voluntad de sacrificio.

Ya estaba el viejo en el patio,

Ya a su encuentro había salido

Eduardo -pie de madera

Mas corazón en su sitio-.

Oyó Dionisio el rumor

De la lucha; luego el grito

Premioso con que el lisiado

Reclamábale el cuchillo.

Vio el arma encima de un banco,

Empuñóla, y decidido

Se hundió otra vez en la noche

Y otra vez buscó el peligro.

Dos sombras entre lasa sombras

Giraban en remolino

Fantasmal, callado y terco,

Por el patio negro y frío;

Iguales las dos, iguales

Para los ojos del niño,

Que iban de uno al otro rostro

Sin conseguir distinguirlos.

Vio cojear de pronto a Eduardo

-el pie en la lucha perdido-,

Y en la diestra de esa sombra

Dejó, resuelto, el cuchillo.

Después, vuelvo al rancho oscuro,

La espera tensa, el suplicio

De aguardar tras de la puerta,

Toda el alma en los oídos,

El final del duelo incierto,

Cara o cruz de su destino;

De vivirlo golpe a golpe,

Resoplido a resoplido,

En el choque escalofriante

De los puñales fatídicos,

Y el jadear acelerado

De los pechos enemigos.

Cayó un cuerpo. Por el aire

Se expandió un mortal gemido.

Acercaronse a la puerta

Pasos lentos, imprecisos.

Una mano dio tres golpes

Espaciados, cuatro...cinco...

Y una voz –la del abuelo-

Dijo luego: "!Abrí, Dionisio!"

Ni una luz por las rendijas,

Ni un murmullo, ni un suspiro

Dentro y fuera solo noche,

Nada más que noche y frío.

Alejaronse los pasos

Hacia el campo ensombrecido.

Pasó mucho, mucho tiempo.

¿Fueron años? ¿fueron siglos?

Y otra vez en el silencio

Comenzó a vivir un ruido

Más cercano a cada instante,

Más cercano y más preciso.

Era un cuerpo que arrastraba

Su agonía su martirio,

Hacia el candil parpadeante

Que Dionisio había encendido.

Era Eduardo que pugnaba

Por llegar hasta aquel niño

Y a la luz de su presencia

Dar el último suspiro

-confortado por el cielo

De sus ojos, viendo el trigo

Repetirse en sus cabellos,

Más dorados que el sol, mismo-

Y adentrarse en el misterio

Por su aliento sostenido,

Aliviado por la llama

De su amor el postrer frío.

Y el pequeño abrió sin miedo

Puerta y brazos al herido,

Lo ayudó con su sonrisa

A enfrentar lo nunca visto,

A evacuar su humano tiempo

Sin angustia, con sencillo

Gesto de luz que se apaga

O de fruto desprendido.

Y después, viendo sus vísceras

-cálido haz escurridizo-

Por el desgarrón del vientre

Asomársele, y mordido

Por dolores ondulantes,

Epilépticos, hondísimos,

Procuró volver, resuelto,

Las entrañas a su sitio.

Impidiendo aquel retorno,

Una capa de tejidos

Adiposos obturaba

La herida bárbara. El niño,

Con coraje sobrehumano,

Con sobrehumano estoicismo,

Empuñando una tijera

De oxidado y roto filo,

Cercenó de un solo tajo

Los obstructores tejidos

Y a la cavidad del vientre

Reintegró sus intestinos.

Vendó se luego la herida

Sin un gesto, sin un grito,

Y arropando a la pequeña

Con afán tierno y solícito,

Se tendió en el duro suelo,

Junto al cadáver ya rígido,

Todo el cuerpo ardiendo en fiebre,

El cerebro todo hervido

De fantásticas visiones

Que engendran su delirio.

¡Siempre noches sin orillas!

Siempre noche, noche y frío!

¿dónde estaba el alba? ¿dónde?

¿más allá de cuántos siglos

De estancado tiempo ciego,

De silencio renegrido,

Ocultaba el dulce rostro

De la luz de su gesto amigo?

¡Noche siempre, noche y sangre,

Sangre y muerte, muerte y frío,

Bajo el cielo, sobre el campo,

Sobre el aire detenido,

Sobre el filo de la escarcha,

También llena de cuchillos!...

Más he aquí que de repente

Desnudó un gallo su grito,

Y otro gallo, y otro, y otro,

Jalonaron de hitos vivos

El camino de la aurora

Sobre el negro y mudo abismo.

¡Era el día, era la vida

Con su dulce gesto amigo!

¡Y aún había en las venas sangre

Y en los brazos fuerza y brío!

¡Adelante, que aún tenía

Tiempo y cancha el heroísmo,

Y el amor sobrado aliento

Para el nuevo sacrificio!

IV

EL VIAJE

¡Qué orgullo el de las carquejas

Que sus niños pies pisaron!

¡Qué música la del trébol

Que oyera cantar sus pasos!

¡Y qué luz nueva en las cosas

Que sus pupilas miraron,

Cuando iba iniciando el día

Su claridad por el campo!

Marchaba de cara el alba

Con la pequeña en los brazos.

Para tocarlo estiraban

Sus verdes dedos los pastos.

Lo contemplaba el rocío

Con mil ojos asombrados.

Y por él tañían sus flautas

De plata y cristal los pájaros.

Allá, muy lejos negreaban

De "El oro" viejos ranchos

-haz de borrosos destinos

Sobre aquel llano enraizados-,

Hacia los cuales el héroe

Milagroso iba avanzando.

Llagar era su consigna.

Llegar y poner a salvo

Aquel retoño de vida

Que a la muerte había ganado.

¿Y después? Después dormirse

Con un sueño largo...largo...

Con un sueño que aplacase

Sus dolores, sus quebrantos,

Y limpiase de fantasmas

Su cerebro alucinado.

Marchaba de cara al día,

Rumbo a los ranchos lejanos,

La voluntad indomable

Contrayéndole los labios,

Y la esperanza en el pecho

Como un cencerro sonando.

Sol bajo el sol, sus cabellos

Iban dorando el espacio;

Sus ojos, cielo ante el cielo,

El aire iban azulando.

Y todo el amor del mundo

Se hacía música en los pasos

De aquel niño milagroso,

De aquel héroe sobrehumano

Que avanzaba hacia la muerte

Con la vida entre sus brazos.

Por la mañana adelante

Seguía andando el niño gaucho.

Lo escoltaban los horneros,

Su franco clarín sonando;

Susurraban le: "!Coraje!",

Los árboles solidarios;

A su fatiga ofrecía

Fragancia tónica el pasto;

Y el buen aire mitigaba le,

Amical, fiebre y cansancio.

Pero, ¡ay!, qué lejos, qué lejos

Negreaban siempre los ranchos!

Mas no obstante él proseguía

Su camino sin descanso,

Tajeándose en los pajares,

Hundiéndose en los pantanos,

Ya bordeando el monte espeso,

Ya marchando a pleno campo,

Insensible a sus heridas,

Insensibles a su quebrantos,

Fiel al rumbo y al destino

Que su amor le había trazado.

Tal el temple incomparable

De aquel niño sobrehumano.

Tal la luz que ardía en el héroe

De la historia que aquí narro.

¡Ah, qué orgullo el de la tierra

Que guardo el son de sus pasos!

¡Que noble luz la del aire

Que sus ojos alumbraron!

¡Nunca diera el tiempo un día

Tan henchido de milagro

Como aquel que iba Dionisio

Sobre el campo inaugurando!

"!Adelante!", le decían

Con su verde voz los pastos.

"!Adelante!", clarineaban

Los francos horneros gauchos.

Y él andaba, andaba,

Campo arriba, campo abajo,

Como un viento incontenible,

Como un río desbordado,

Imponiéndose a la fiebre,

A la muerte desplazando

De su tierno cuerpo exangüe,

De su vientre desgarrado,

Pues morir no era posible

Sin poner antes a salvo

Aquel brote de vida

Que llevaba entre los brazos.

Y los ranchos negros, tristes,

Poco a poco se acercaron;

Y el camino se fue haciendo

Menos duro, menos áspero,

A medida que iba el pueblo

Sus perfiles recortando

En el aire transparente,

Bajo el débil sol de mayo.

Por la fuerza inextinguible

De su amor aguijoneado,

Seguía el niño milagrososo

Siempre andando, andando, andando.

Otra zanja la postrera,

Otro, el último alambrado,

Y llegó por fin al pueblo,

Y entre todos buscó un rancho

Que ostentaba el patrio escudo

Sobre sus terrones pardos.

Preguntó –la voz entera-

Dónde estaba el comisario,

Y una vez que a su custodia

Hubo la niña librado,

Narró, lucido y tranquilo,

Punto a punto el drama bárbaro.

Y después de fue del tiempo,

Dulcemente, como un pájaro,

Como un nardo que se cierra

Sobre el propio sueño blanco,

Como estrella que la perora

Desvanece en el espacio.

¡Qué noble luz en su frente!

¡Qué dulce paz en sus labios!

¡Qué inmodulables canciones

Tras su silencio de mármol!

Así le vieron los hombres,

Así le vieron los campos,

Camino del cementerio

Bajo el débil sol de mayo.

Y así quedó para siempre

En la memoria del pago,

Que lo lleva en grano y fruto,

Nido y ave, piedra y árbol.

Selló la muerte sus ojos

-cielo del cielo envidiado-

Y destiñó sus cabellos

Solares el polvo opaco.

Mas el campo guarda entera

La música de sus pasos,

El macachín su dulzura,

Su voz el arroyo claro,

La flor del ceibo su sangre

Y su alta luz el verano.

Y los niños de su tierra

-rubios, indios, negros, pardos-,

Esos niños por la herida

De su vientre desangrados,

Esos niños soledosos

De su pago y de mi pago,

Tan sufridos y tan puros

Y tan nobles y tan guapos,

Seguirán tiempo adelante

Su alma inmensa perpetuando,

Pues en ellos no es recuerdos,

Ni leyenda, ni milagro,

Sino savia que les nutre

Canto y sueño, juego y llanto.

V

SALUTACION FINAL

Dionisio: estás en el pueblo

Ya para siempre jamás,

Como está el sol en el día,

Como el trigo está el pan.

Dicen tu nombre los niños

Con voz de miel y cristal,

Para que aquel que lo escuche

Ya no lo pueda olvidar.

Cuenta la abuela tu historia

Junto al fogón invernal,

Y oyéndola hasta las brazas

Parece que brilla más.

Silba el tropero en la ronda

-que es su modo de soñar-;

El domador, sobre el potro,

Canciones al viento da;

Con la reja, hunde el labriego

En la tierra su anhelar;

Pregona el hacha, en el monte,

Del monteador el afán;

Y tu imagen puebla el silbo,

Le pone alas al cantar

Camina con la esperanza

Y alegra el pregón tenaz.

Estás también en la lluvia

Cuando acaricia el maizal,

Y aquieta el pecho del hombre,

Y hace dulce su pensar.

Arde tu sangre en los zumos

Encendido del chalchal,

Y los ceibos ratifican

Flor a flor su eternidad.

La luz azul de tus ojos

Mira desde el manantial,

Donde danzan las estrellas

Y va el pájaro a abrevar.

Y tu franca risa suena

Del arroyo en el cantar,

Y halla el viento tus palabras

En las flautas del juncal.

No anda un camino en la vida

Que no acompañe tu andar,

Ni sueña el amor un sueño

Que no ilumine tu faz.

Te lleva el hombre en su carne

Y en su savia el vegetal;

De abeja en abeja va;

Late tu cuerpo en el nido

Donde incuba la torcaz;

Repite tu luz la estrella

En su viaje sideral;

Y canta tu eterna gloria

Noche y día, sin cesar,

Cada cual a su manera

Y a su turno cada cual,

Dos juglares campesinos

Que jamás olvidarán:

El dulce grillo lucero

Y la chicharra solar.

Dionisio, niño infinito,

Héroe del amor triunfal,

Firme estrellas del ocaso,

Lámpara de eternidad;

Dionisio, niño sin tiempo,

Germen del alba total,

Que resides en la vida

Ya para siempre jamás:

Has que en mis versos palpite

Tu corazón ejemplar,

Como palpita en el árbol,

En la espiga y en el pan,

Para que en ellos aprendan

Otros niños tu verdad,

Esa verdad que tú hablaste

En la lengua universal

De la sangre y del martirio,

Que es la lengua más veraz:

"morir por amor al hombre

No es morir, es perdurar,

Pues quien en amor se expresa

Lleva en sí la eternidad".

Dionisio, niño del día,

Luz de la luz inmortal,

Clave de todo milagro,

Flor de toda heroicidad:

Incorporada a la llama

Del pueblo tu llama está,

Y por eso nunca, nunca,

Nunca más se ha de apagar.

 

Desde el 11 de marzo

relojweb

SINAE

Sist_Nac_Emergencias

Artesanos del Olimar

2

Consulta de Deuda
Consulta de Deuda


Licitaciones y Llamados
Licitaciones y Llamados


Trámites ComunesTrámites Comunes


Atención CiudadanaAtención Ciudadana


Comunicados
de Prensa