| Poema a Dionisio |
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ROMANCE DE DIONISIO DÍAZ Serafín J. García – 1949 I RAZON DEL CANTO Dionisio, niño infinito, Niño esencial y perpetuo, Mojón de amor enclavado Sobre la muerte y el tiempo: Desde la flor sin otoños De tu sangre, niño inmenso, La raza gaucha levanta Su signo heroico y fraterno. Muchacho de sol y trigo, Simbiosis de campo y cielo: Para cantarte quisiera Tener la voz de los vientos Caminadores y ariscos Que musicaron tus sueños; Poder sonar el clarín Matinal de los horneros, Cuya franqueza rotunda Te ancheó las puertas del pecho; Resucitar las palabras Que habló la lluvia en tu alero, Y de tus breves veranos Desanudar el acento; Asir el son de tus pasos Madrugadores e inquietos, Y empañarle el rostro al día Con la niebla de tu aliento. Y también hundir quisiera Las antenas de mi verso En la matriz de la tierra Que dio la cal de tus huesos. Y aprender tu abierto llano Flor a flor, trébol a trébol, Y arder en los libres soles Que doraron tus cabellos. Sólo así podría mi canto Desceñir el haz del tiempo Que apagó tus mariposas Y enmudeció tus jilgueros. Sólo así reencendería Mi voz tu acendrado fuego, La luz azul de tus ojos, Tu lustral sangre sin miedo, Y el puro amor que ensanchaba Tu corazón de lucero. Pero he de cantar, no obstante La opacidad de mi acento, Esta canción obstinada Que me calienta los huesos, Y en la inquietud de la sangre Me labra caminos nuevos. Y he de cantarla, Dionisio, Por el niño que aun conservo Vertical sobre mis días, Desmintiéndome el invierno, Allegando madrugadas A las noches de mi esfuerzo. Y también por otros niños Que mis ojos aprendieron En tu pago y en mi pago, Pena a pena, sueño a sueño. Por los niños campesinos, Todos tristes, todos serios, Pies que hiela el blanco junio Y que quema el rojo enero, Tiernas manos sin juguetes Agrietadas a destiempo, Mustias bocas doloridas De pan duro y de silencio. Es por ellos sobre todo -tu lo sabes, niño inmenso-, Es por ellos tus hermanos Rubios, indios, pardos, negros, Por afuera tan distintos, Tan iguales por adentro, Todos ellos refundidos En tu amor y en tu denuedo, Por la herida de tu vientre Desangrados todos ellos, Que mi opaca voz pretende Revivir tu heroico gesto, Historiar la hazaña enorme Que salvó tu luz del tiempo, Para izarla en la memoria Fiel y cálida del pueblo Como un hito de la vida, Cual semáforo perpetuo Que ninguna noche apaga Ni derriba ningún viento. Es por ello –tú lo sabes, Niño gaucho- que te ofrezco Este canto que me sube De la sangre y de los huesos. II LA FAMILIA Era un llano soledoso Sobre el cual el tiempo lerdo Desmadejaba sus días Y sus noches en silencio. Inmensidad sin memoria Para el hombre y sus desvelos, Ni caminos lo aprendían Ni lo historiaban recuerdos. Y era sobre el llano el rancho Con su destino pequeño -fraternidad de terrones Combatida por los vientos-, Y en el rancho una sencilla Familia de chacareros, Atada siempre a la tierra, Pendiente siempre del cielo, Fluctuando entre los vaivenes De la esperanza y el miedo. Juan Díaz –silencio huraño, Tez curtida rostro quieto, Anchas manos aradoras, Torpes pies de paso lerdo- Fatigaba su insondable Corazón bajo aquel techo, Mientras los años secaban La espiga de sus recuerdos. Y a su lado, sus zozobras Y esperanzas compartiendo, Nuevos causes de la vida Prolongándole en el tiempo, Manos nuevas, en el surco Su destino repitiendo Con idéntica paciencia, Con igual obstinamiento, Un hijastro y una hija Unidos por hondo afecto. El, Eduardo, habilidosos Labrador y carpintero -lisiado, un pie de madera Por sus propias manos hecho-, Expresándose en el árbol Y el maíz, idioma eterno; Afiliados alma y brazos Con amor al noble esfuerzo. Y ella, María, muchacha Sin represas en el pecho, Corazón a flor de labios, Inocencia a flor de cuerpo, Dócil tierra que a la vida Su tributo iba rindiendo, Fértil vientre ya frutado Por dos gérmenes diversos. De ese vientre procedía -claro fruto temprano De un amor desnudo y libre Como el sol y como el viento, Que por se de amor venido Era alegre, dulce y bello- El impar Dionisio, el héroe De la historia que aquí cuento, Rubio niño de nueve años Con el sol en los cabellos Y por ojos dos enormes Gotas límpidas del cielo. Y, como último retoño De aquel núcleo chacarero -nuevo surco de la vida Que labrara un amor nuevo-, Marina, que ya ensayaba Sus primeros balbuceos. Cinco seres que en la vida Su destino iban cumpliendo Sobre el campo sin memoria, Llana el alma y hondo el sueño. Cinco sendas paralelas Internándose en el tiempo, Ya en el fin la más antigua, La más nueva en el comienzo. Los mayores laboraban De alba a noche, graves, serios, Sol a sol sobre la nuca, Surco y surco bajo el pecho, Un camino sin variantes Siempre haciendo y deshaciendo -rancho y chacra, chacra y rancho- Con iguales pasos tercos. Y después la muda rueda De cansancios, junto al fuego Sin más voz que la del mate Deslizando en el silencio Vagos, tímidos llamados A un común esparcimiento Que pusiera entre alma y alma La luz franca de un afecto, Aliviando así la amarga Soledad de cada pecho. Vano empeño, puso Juan Díaz, Siempre arisco, siempre hermético, No franqueaba nunca, a nadie, Corazón ni pensamiento. Y los hijos, su inmutable Voluntad obedeciendo, Acabaron por tornarse Poco a poco, sin remedio, Enigmáticos islotes En el mar de aquel silencio. Tal el mundo en que Dionisio Su niñez iba viviendo; Mundo hostil, que puso diques A su gárrulo contento Y un precoz aire de pena Dio a sus ojos color cielo. Tal el ámbito invariable Que amustiaba el verde tiempo Del candor y de la gracia, La pureza del comienzo, En el alma de aquel hijo Del amor, alegre y pleno. Hoscos días solitarios, Sin juguetes y sin besos; Noches huecas, y desprovistas De leyendas y de cuentos; Sucesión de horas iguales Entre un sueño y otro sueño, Que poblaban solamente, Dramatizando el silencio, Los suspiros de la madre, La tos bronca del abuelo, Y el coloquio misterioso De los árboles y el viento. Pero estaba allí la tierra Generosa, repitiendo Mies a mies, cada verano, Su lección de amor eterno. Y la vívida alegría De los pájaros inquietos, Que llenaban las mañanas De canciones y aleteos. Y la humilde flor del campo Su alma cándida esparciendo A lo largo de los días, Con ahincado y dulce empeño. Y el zumbido de la abeja Laboriosa, y el ejemplo Del arroyo que pasaba Siempre alegre, siempre nuevo, Revelando piedra a piedra Su destino de viajero, Sol a sol desanudando Sus más íntimos secretos. Poco a poco fue Dionisio Su alma lúcida embebiendo De ese idioma in formulado Que le hablaba el universo; Descifrando poco a poco La honda clave del ser pleno Que su ubicua voz le abría Desde el agua y el insecto, Desde el brote de la rama Y el rumor del pasto nuevo, Desde el pulso imperceptible De la espiga en crecimiento, Desde el hueco de los nidos Y el latir de los polluelos, Y el trasiego de la savia De un renuevo a otro renuevo, Y el zurear de las palomas En la copa de los ceibos. Supo entonces con profundo, Con raigal conocimiento A su sangre incorporado, Radicado en carne y huesos, Que la vida vale siempre Toda lucha, todo esfuerzo Por vivirla dignamente, Noblemente, a pecho abierto; Que el amor que un ser irradia Más allá de toda muerte, Siempre encuentra puerta y eco Más allá de todo miedo; Que su llama sobrevive A la noche de los cuerpos, Y perdura su latido Sobre el tiempo y el silencio, Ya en el rostro de una estrella, Ya en el ojo de un veneno, Ya en el canto de la lluvia, Ya en la música del viento Que destreza colmenares, Suena juncos, risas esteros, Y transporta flor y aroma, Trino y ala, nube y sueño. Lo aprendió desde la sangre, Sin palabras, sin conceptos, Fibra a fibra de su carne, Poro a poro de su cuerpo. Lo aprendió naturalmente, Sin pensar en aprenderlo, Como aprende el trigo a erguirse, Como el ave aprende el vuelo. Y no tuvo, desde entonces, Soledades en su pecho, Ni tristeza en sus ojos, Ni en su corazón recelos. Un sentido constructivo De la vida, un gran deseo De servirla en sus designios Más profundo y más bellos; Un afán incontenible De ser útil, de ser bueno, De pujar con las raíces, De fulgir con los luceros, De ser gota de la lluvia Cuando estaba el campo seco, De sumarse a los tizones Que amansaban el invierno; Un impulso permanente, Un porfiado y hondo anhelo De abarcar con la alta llama De su amor al mundo entero, Enseñóle desde entonces A ver claro el rancho negro, Confortable el duro catre, Dulce el rostro del abuelo, Y granado de canciones El hermético silencio Que velaba cada noche La familia, junto al fuego. Tal el alma prodigiosa Que alentaba en aquel pecho Tal la luz que ardía en el héroe De la historia que aquí cuento. III LA TRAGEDIA La amarga noche de mayo -borrón de silencio y frío- Aprisionaba en un brete De angustia los ranchos míseros. Ciegos fogones dolían En los ojos campesinos Dolor de brasas ausentes Y encanecidos ladrillos. Y los grasientos candiles, Con su llanto desvalido, Lágrima a lágrima iban Midiendo el tiempo remiso. Todo el campo era un asecho Sin voces y sin latidos, Una fatídica espera Llenas de miedo antiguos. Tiesas lechuzas clavaban En los postes su sigilo Y taladraban lAs sombras Con sus ojos amarillos. Murciélagos fantasmales Revolaban, sibilinos, Trazando signos aciagos En el aire quieto y frío. Todo el campo era una espera Dura y tensa, un vaticinio De tragedia ineluctable, De ancestral determinismo. La presencia de la muerte Nivelaba en un atisbo Fatalista y resignado Piedra y árbol, cardo y nido. Y el drama irrumpió de pronto, Resumido en un cuchillo Que puso lívido el aire Con su relámpago frío. Juan Díaz, el insondable Labrador enloquecido Por quien sabe qué visiones, Por quién sabe qué delirios Germinados en el fondo De su hermético mutismo, En el caos incontrolable De sus meandros instintivos, Buscó en la muerte respuestas, Buscó en la sangre caminos Al ciego resentimiento Contra la vida, al antiguo, Tenaz rencor, que espoleaba Su voluntad de exterminio. Fue María la primera Que el acero hirió. Su grito Se derramó por la noche, Suplicante, desvalido, Deshilachando sus ecos Entre las sombras y el frío. Contra el pobre cuerpo inerte Se alzó de nuevo el cuchillo, Roja centella implacable Rasgando el aire aterido. Pero ya entre pecho y arma, Pleno de amor y heroísmo, La noble sangre ofrecida Por entero al sacrificio, Sin flaquezas y sin llantos, Sin temores y sin gritos, Oponiendo sus nueve años A la muerte, estaba el niño De los ojos color cielo Y el cabello color trigo, El más alto paradigma Del valor afirmativo, El Dionisio inmensurable De esta historia que aquí digo. Y fue vana la amenaza, Vano el gesto imperativo, Vano el empellón violento Muchas veces repetido: Siempre estaba el niño heroico Entre victima y cuchillo. Hasta que al fin el acero Del vesánico asesino Hirió el brazo, hirió la ingle, Hirió el vientre de Dionisio, Y sólo entonces Juan Díaz Pudo cumplir su designio. Cuando el niño vio a su madre Caer, cuando el asesino Se inclino para ultimarla -ya hasta bestia descendido- Y oyóle gritar, frenético: "!con todos haré lo mismo!", No sintió más sus heridas Ni vio de su sangre el río Descender, buscando cause Entre las grietas del piso. Otra hazaña sobre humana Reclamaba su heroísmo; Otra vida dependía De su amor y de su brío. Allí, en la rústica cuna, Tan inerme como un lirio, Dormía Marina su sueño Inocente y pequeñito. La alzó el niño entre sus brazos, Corrió hacia el rancho contiguo, Y sobre el lecho de Eduardo Dejó el tierno cuerpecillo. Y allí guardó silencioso, Desangrado y aterido, Sosteniéndose en su heroica Voluntad de sacrificio. Ya estaba el viejo en el patio, Ya a su encuentro había salido Eduardo -pie de madera Mas corazón en su sitio-. Oyó Dionisio el rumor De la lucha; luego el grito Premioso con que el lisiado Reclamábale el cuchillo. Vio el arma encima de un banco, Empuñóla, y decidido Se hundió otra vez en la noche Y otra vez buscó el peligro. Dos sombras entre lasa sombras Giraban en remolino Fantasmal, callado y terco, Por el patio negro y frío; Iguales las dos, iguales Para los ojos del niño, Que iban de uno al otro rostro Sin conseguir distinguirlos. Vio cojear de pronto a Eduardo -el pie en la lucha perdido-, Y en la diestra de esa sombra Dejó, resuelto, el cuchillo. Después, vuelvo al rancho oscuro, La espera tensa, el suplicio De aguardar tras de la puerta, Toda el alma en los oídos, El final del duelo incierto, Cara o cruz de su destino; De vivirlo golpe a golpe, Resoplido a resoplido, En el choque escalofriante De los puñales fatídicos, Y el jadear acelerado De los pechos enemigos. Cayó un cuerpo. Por el aire Se expandió un mortal gemido. Acercaronse a la puerta Pasos lentos, imprecisos. Una mano dio tres golpes Espaciados, cuatro...cinco... Y una voz –la del abuelo- Dijo luego: "!Abrí, Dionisio!" Ni una luz por las rendijas, Ni un murmullo, ni un suspiro Dentro y fuera solo noche, Nada más que noche y frío. Alejaronse los pasos Hacia el campo ensombrecido. Pasó mucho, mucho tiempo. ¿Fueron años? ¿fueron siglos? Y otra vez en el silencio Comenzó a vivir un ruido Más cercano a cada instante, Más cercano y más preciso. Era un cuerpo que arrastraba Su agonía su martirio, Hacia el candil parpadeante Que Dionisio había encendido. Era Eduardo que pugnaba Por llegar hasta aquel niño Y a la luz de su presencia Dar el último suspiro -confortado por el cielo De sus ojos, viendo el trigo Repetirse en sus cabellos, Más dorados que el sol, mismo- Y adentrarse en el misterio Por su aliento sostenido, Aliviado por la llama De su amor el postrer frío. Y el pequeño abrió sin miedo Puerta y brazos al herido, Lo ayudó con su sonrisa A enfrentar lo nunca visto, A evacuar su humano tiempo Sin angustia, con sencillo Gesto de luz que se apaga O de fruto desprendido. Y después, viendo sus vísceras -cálido haz escurridizo- Por el desgarrón del vientre Asomársele, y mordido Por dolores ondulantes, Epilépticos, hondísimos, Procuró volver, resuelto, Las entrañas a su sitio. Impidiendo aquel retorno, Una capa de tejidos Adiposos obturaba La herida bárbara. El niño, Con coraje sobrehumano, Con sobrehumano estoicismo, Empuñando una tijera De oxidado y roto filo, Cercenó de un solo tajo Los obstructores tejidos Y a la cavidad del vientre Reintegró sus intestinos. Vendó se luego la herida Sin un gesto, sin un grito, Y arropando a la pequeña Con afán tierno y solícito, Se tendió en el duro suelo, Junto al cadáver ya rígido, Todo el cuerpo ardiendo en fiebre, El cerebro todo hervido De fantásticas visiones Que engendran su delirio. ¡Siempre noches sin orillas! Siempre noche, noche y frío! ¿dónde estaba el alba? ¿dónde? ¿más allá de cuántos siglos De estancado tiempo ciego, De silencio renegrido, Ocultaba el dulce rostro De la luz de su gesto amigo? ¡Noche siempre, noche y sangre, Sangre y muerte, muerte y frío, Bajo el cielo, sobre el campo, Sobre el aire detenido, Sobre el filo de la escarcha, También llena de cuchillos!... Más he aquí que de repente Desnudó un gallo su grito, Y otro gallo, y otro, y otro, Jalonaron de hitos vivos El camino de la aurora Sobre el negro y mudo abismo. ¡Era el día, era la vida Con su dulce gesto amigo! ¡Y aún había en las venas sangre Y en los brazos fuerza y brío! ¡Adelante, que aún tenía Tiempo y cancha el heroísmo, Y el amor sobrado aliento Para el nuevo sacrificio! IV EL VIAJE ¡Qué orgullo el de las carquejas Que sus niños pies pisaron! ¡Qué música la del trébol Que oyera cantar sus pasos! ¡Y qué luz nueva en las cosas Que sus pupilas miraron, Cuando iba iniciando el día Su claridad por el campo! Marchaba de cara el alba Con la pequeña en los brazos. Para tocarlo estiraban Sus verdes dedos los pastos. Lo contemplaba el rocío Con mil ojos asombrados. Y por él tañían sus flautas De plata y cristal los pájaros. Allá, muy lejos negreaban De "El oro" viejos ranchos -haz de borrosos destinos Sobre aquel llano enraizados-, Hacia los cuales el héroe Milagroso iba avanzando. Llagar era su consigna. Llegar y poner a salvo Aquel retoño de vida Que a la muerte había ganado. ¿Y después? Después dormirse Con un sueño largo...largo... Con un sueño que aplacase Sus dolores, sus quebrantos, Y limpiase de fantasmas Su cerebro alucinado. Marchaba de cara al día, Rumbo a los ranchos lejanos, La voluntad indomable Contrayéndole los labios, Y la esperanza en el pecho Como un cencerro sonando. Sol bajo el sol, sus cabellos Iban dorando el espacio; Sus ojos, cielo ante el cielo, El aire iban azulando. Y todo el amor del mundo Se hacía música en los pasos De aquel niño milagroso, De aquel héroe sobrehumano Que avanzaba hacia la muerte Con la vida entre sus brazos. Por la mañana adelante Seguía andando el niño gaucho. Lo escoltaban los horneros, Su franco clarín sonando; Susurraban le: "!Coraje!", Los árboles solidarios; A su fatiga ofrecía Fragancia tónica el pasto; Y el buen aire mitigaba le, Amical, fiebre y cansancio. Pero, ¡ay!, qué lejos, qué lejos Negreaban siempre los ranchos! Mas no obstante él proseguía Su camino sin descanso, Tajeándose en los pajares, Hundiéndose en los pantanos, Ya bordeando el monte espeso, Ya marchando a pleno campo, Insensible a sus heridas, Insensibles a su quebrantos, Fiel al rumbo y al destino Que su amor le había trazado. Tal el temple incomparable De aquel niño sobrehumano. Tal la luz que ardía en el héroe De la historia que aquí narro. ¡Ah, qué orgullo el de la tierra Que guardo el son de sus pasos! ¡Que noble luz la del aire Que sus ojos alumbraron! ¡Nunca diera el tiempo un día Tan henchido de milagro Como aquel que iba Dionisio Sobre el campo inaugurando! "!Adelante!", le decían Con su verde voz los pastos. "!Adelante!", clarineaban Los francos horneros gauchos. Y él andaba, andaba, Campo arriba, campo abajo, Como un viento incontenible, Como un río desbordado, Imponiéndose a la fiebre, A la muerte desplazando De su tierno cuerpo exangüe, De su vientre desgarrado, Pues morir no era posible Sin poner antes a salvo Aquel brote de vida Que llevaba entre los brazos. Y los ranchos negros, tristes, Poco a poco se acercaron; Y el camino se fue haciendo Menos duro, menos áspero, A medida que iba el pueblo Sus perfiles recortando En el aire transparente, Bajo el débil sol de mayo. Por la fuerza inextinguible De su amor aguijoneado, Seguía el niño milagrososo Siempre andando, andando, andando. Otra zanja la postrera, Otro, el último alambrado, Y llegó por fin al pueblo, Y entre todos buscó un rancho Que ostentaba el patrio escudo Sobre sus terrones pardos. Preguntó –la voz entera- Dónde estaba el comisario, Y una vez que a su custodia Hubo la niña librado, Narró, lucido y tranquilo, Punto a punto el drama bárbaro. Y después de fue del tiempo, Dulcemente, como un pájaro, Como un nardo que se cierra Sobre el propio sueño blanco, Como estrella que la perora Desvanece en el espacio. ¡Qué noble luz en su frente! ¡Qué dulce paz en sus labios! ¡Qué inmodulables canciones Tras su silencio de mármol! Así le vieron los hombres, Así le vieron los campos, Camino del cementerio Bajo el débil sol de mayo. Y así quedó para siempre En la memoria del pago, Que lo lleva en grano y fruto, Nido y ave, piedra y árbol. Selló la muerte sus ojos -cielo del cielo envidiado- Y destiñó sus cabellos Solares el polvo opaco. Mas el campo guarda entera La música de sus pasos, El macachín su dulzura, Su voz el arroyo claro, La flor del ceibo su sangre Y su alta luz el verano. Y los niños de su tierra -rubios, indios, negros, pardos-, Esos niños por la herida De su vientre desangrados, Esos niños soledosos De su pago y de mi pago, Tan sufridos y tan puros Y tan nobles y tan guapos, Seguirán tiempo adelante Su alma inmensa perpetuando, Pues en ellos no es recuerdos, Ni leyenda, ni milagro, Sino savia que les nutre Canto y sueño, juego y llanto. V SALUTACION FINAL Dionisio: estás en el pueblo Ya para siempre jamás, Como está el sol en el día, Como el trigo está el pan. Dicen tu nombre los niños Con voz de miel y cristal, Para que aquel que lo escuche Ya no lo pueda olvidar. Cuenta la abuela tu historia Junto al fogón invernal, Y oyéndola hasta las brazas Parece que brilla más. Silba el tropero en la ronda -que es su modo de soñar-; El domador, sobre el potro, Canciones al viento da; Con la reja, hunde el labriego En la tierra su anhelar; Pregona el hacha, en el monte, Del monteador el afán; Y tu imagen puebla el silbo, Le pone alas al cantar Camina con la esperanza Y alegra el pregón tenaz. Estás también en la lluvia Cuando acaricia el maizal, Y aquieta el pecho del hombre, Y hace dulce su pensar. Arde tu sangre en los zumos Encendido del chalchal, Y los ceibos ratifican Flor a flor su eternidad. La luz azul de tus ojos Mira desde el manantial, Donde danzan las estrellas Y va el pájaro a abrevar. Y tu franca risa suena Del arroyo en el cantar, Y halla el viento tus palabras En las flautas del juncal. No anda un camino en la vida Que no acompañe tu andar, Ni sueña el amor un sueño Que no ilumine tu faz. Te lleva el hombre en su carne Y en su savia el vegetal; De abeja en abeja va; Late tu cuerpo en el nido Donde incuba la torcaz; Repite tu luz la estrella En su viaje sideral; Y canta tu eterna gloria Noche y día, sin cesar, Cada cual a su manera Y a su turno cada cual, Dos juglares campesinos Que jamás olvidarán: El dulce grillo lucero Y la chicharra solar. Dionisio, niño infinito, Héroe del amor triunfal, Firme estrellas del ocaso, Lámpara de eternidad; Dionisio, niño sin tiempo, Germen del alba total, Que resides en la vida Ya para siempre jamás: Has que en mis versos palpite Tu corazón ejemplar, Como palpita en el árbol, En la espiga y en el pan, Para que en ellos aprendan Otros niños tu verdad, Esa verdad que tú hablaste En la lengua universal De la sangre y del martirio, Que es la lengua más veraz: "morir por amor al hombre No es morir, es perdurar, Pues quien en amor se expresa Lleva en sí la eternidad". Dionisio, niño del día, Luz de la luz inmortal, Clave de todo milagro, Flor de toda heroicidad: Incorporada a la llama Del pueblo tu llama está, Y por eso nunca, nunca, Nunca más se ha de apagar. |













