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DATOS Y DUDAS

 

Luciano Obaldía Goyeneche, otra edil y también Representante Nacional por Treinta y Tres y a quien le pertenece la iniciativa de crear la Biblioteca de la Junta Departamental, en el libro de su autoría titulado "El Solar Olimareño", editado en Montevideo en 1970, rescata parte de la historia treintaitresina y narra vivencias del pago inspirado en recuerdos y conversaciones con amigos coterráneos. En la publicación hace referencia también a la tragedia que le costó la vida a Dionisio Díaz.

Basado en el testimonio de un amigo que no nombra, cuenta casi textualmente lo escuchado destacándose algunos datos poco mencionados en otros libros que más detalladamente se refieren a la heroicidad del niño héroe de Arroyo de Oro.

A modo de ejemplo, en este breve relato, se siembra la duda sobre la presencia de otro hombre la noche de la tragedia al tiempo que deja un manto de sospecha sobre quien fue el autor del escrito en la tuna existente en el patio del rancherío donde quedó grabada la fecha de los asesinatos.

Por otra parte, se manifiesta en la narración oral luego llevada al papel, el amor de los pobladores de entonces hacia el pequeño héroe y sin siquiera pretenderlo, cuenta el comienzo de esa veneración que llevaría después a inmortalizar al pequeño Dionisio a través de innumerables homenajes y varios libros sobre la tragedia, su corta vida y su heroicidad plena.

El relato acerca de las conversaciones con sus amigos es por demás extenso y anecdótico pero en lo que respecta al niño rubio que con sus nueve años recién cumplidos ingresó a la inmortalidad, comienza diciendo:

"... nos habla del episodio del niño mártir, diciéndonos que allá por el Oro en la soledad de los campos, en el alma huraña y compleja de un anciano, se fue adueñando la animosidad contra una hija, animosidad ésta que trajo como consecuencia el horrible drama, que costó la vida de una familia campesina, y en la que un niño símbolo del valor, regó con su sangre generosa el camino de los grandes sacrificios. Ese niño mártir era Dionisio Díaz.

Cuenta la leyenda –prosigue- que en altas horas de la noche, por el lugar de la tragedia, cuando ruge el viento azotando y sacudiendo, se oyen gritos de furor, ruidos de lucha, voces de desafío, maldiciones, ruegos y lloros; y que en la laguna donde fue encontrado el cadáver del anciano, las aguas se agitan y se vuelven oscuras y llevan y traen el cuerpo de un ahogado. Agrega esa leyenda, que se le ha visto costeando el arroyo del Oro, a una blanca visión de un niño llevando en sus brazos a una criatura.

Es el alma de los muertos.

Ha quedado –dice- enredado en el misterio la presencia en el lugar del hecho, de un contrabandista, al que odiaba el anciano; y nunca se sabrá quien escribió en una hoja dura de esas plantas de tuna, que hieren como alfiler, de que allí se había cometido un crimen.

Termina diciéndonos que grabadas en un disco quedaron juiciosas observaciones de un profesional radicado en ese entonces en la localidad de Vergara, a las que las autoridades seccionales no le prestaron atención.

A continuación, se extiende relatando que, realizada la autopsia en el cadáver del pequeño niño, se le dio sepultura en el cementerio de la Ciudad de Treinta y Tres, ocupando un pequeño lugar en la tierra, distinguiéndose entre las demás fosas por un número y una Cruz.

Hasta allí llegaban seres piadosos, como don Marcelino Torres España y su digna esposa, todos los 2 de noviembre de cada año y depositaban en ese lugar un ramo de flores naturales, que solían renovarlo en otras fechas.

En una oportunidad los integrantes del Circo Pensado, se acercaron a ese sitio y colocaron junto a la Cruz una placa de bronce en homenaje a su recuerdo.

Algunas madres con sus hijos llegaron también hasta esa fosa, llevando su ofrenda floral. Agrega que sin conocimiento de la autoridad Municipal, los restos mortales de ese niño fueron sacados de la necrópolis de la ciudad, para ser llevados a un cementerio rural, pero la Cruz y la placa permanecieron en el lugar y las flores siguieron cubriendo ese pedazo de tierra.

Continuando el relato, cuenta que un periodista denunció el hecho referido, pidiendo en nombre de todas las madres, que la autoridad Municipal aclarase la veracidad de su afirmación, y dispusiese que los restos de ese niño héroe, fuesen traídos de donde se encontraban, para ser depositados en un nicho de propiedad Municipal.

El vecindario se sorprendió ante el increíble hecho denunciado, produciéndose una agria controversia entre los periodistas locales.

Constatado el caso, nos dice que cierto día en horas tempranas de una mañana fría y lluviosa, se vio al señor Intendente Municipal, acompañado de otras personas, bajar de un auto frente al cementerio, trayendo los restos del inolvidable pequeño, depositándolos en un nicho como se pedía. Desde entonces, descansan allí, por la intervención del periodista Eustaquio Sosa y la firme decisión del señor Intendente, Don Pedro María Macedo."

MÁS DATOS Y MÁS DUDAS

Más allá de las dudas que puedan surgir de la conversación que mantuvo Obaldía Goyeneche con su amigo y que prácticamente de forma textual transcribió en su libro, también el propio autor genera dudas sobre el final de la publicación.

En principio transcribe fragmentariamente un artículo escrito para el Diario La Mañana y publicado el 31 de mayo de 1967 por el Dr Antonio Pissano, médico Supernumerario de Policía radicado en el pueblo de Vergara cuando ocurrió la tragedia, que acompañó al Comisario, Juez de Paz y los vecinos Salvador Acosta y Vicente Senosiaín al poblado El Oro al día siguiente de ocurridos los hechos que conmocionaron al país todo.

Pissano plantea una serie de interrogantes a tener en cuenta al momento de analizar los hechos ya que, como lo plantea en el final de su artículo, hay varias preguntas que nunca fueron respondidas.

Escribió Pissano para el diario capitalino:

"...El silencio solamente era interrumpido por los ladridos de un cuzco, único ser con vida en aquellos ranchos. Buscamos el cuerpo de Juan Díaz por los alrededores de los ranchos y hasta en el bañado, sin éxito alguno. Cosa curiosa regresábamos a los ranchos y el perro que nos acompañó empezó a ladrar pretendiendo llevarnos hacia el arroyo. No le hicimos caso. Tres meses después, en el arroyo, a cien metros del lugar donde habíamos estado fue encontrado el cuerpo de Juan Díaz. Fui llamado a reconocer el cuerpo que se mantenía en bastante buen estado de conservación, presentando una herida de arma blanca en el costado derecho del vientre, bajo la costilla. Enviado a Treinta y Tres para su autopsia, nunca supimos el resultado de ella.

Por nuestra parte, digamos que el viejo Juan Díaz quería entrañablemente a su familia y en forma especial a Dionisio.

Hoy como ayer, nos preguntamos ¿quién fue el asesino? ¿Quiénes peleaban bajo el parral cuando llegaban Fasiolo y Dionisio? ¿Si Fasiolo no llegó a tomar el puñal, pues en ese instante caía herido, con quién peleaba Juan Díaz? ¿A quién pertenecía el cuchillo cuya vaina encontramos al pie del ombú? ¿Quién hirió a Juan Díaz? ¿Cómo llegó hasta el arroyo o quién lo llevó?

Muchas interrogantes plantea el Dr. Pissano en su artículo para las cuales, a ninguna les encuentra respuesta.

También el autor de "El solar olimareño" que transcribió las palabras del médico para "La Mañana", agrega un comentario generador de más incertidumbres ya que sobre el final del libro y a renglón seguido del artículo del profesional, agrega:

"Por nuestra parte, nosotros preguntamos también: ¿Qué mano anónima escribió en una tuna detrás de los ranchos, la fecha trágica del crimen? Pero hay algo más, el encuentro casual entre Juan Díaz y Salvador Acosta, quien ha expresado que éste le manifestó que ´había sido amenazado de muerte y que iba a solicitar porte de armas´. Siguiendo con las conjeturas que nos hacemos, volvemos a preguntarnos: ¿Qué explicación tiene el hecho que teniendo cama la muerta, duerma en el suelo? ¿Cómo se explica que se la hubiera encontrado ya sin vida con las ropas levantadas sobre la cabeza? ¿Quién fue el autor de esas muertes? ¿Sería la obra de un enfermo mental? ¡Vaya uno a saberlo!" finaliza expresando Luciano Obaldía Goyeneche agregando más preguntas a las ya formuladas por el Dr. Pissano que, al igual que el médico, tampoco pudo contentarse encontrando respuestas.

TRANSCRIPCIÓN DE LA SOLICITUD MUNICIPAL

El hecho al que Obaldía Goyeneche hace referencia sobre el retiro y la posterior devolución de los restos del pequeño Dionisio constan en el expediente N° 246108 de la Intendencia Municipal, en el que el propio Intendente de ese entonces, Pedro M. Macedo, ante el requerimiento popular, toma la iniciativa de enviarle una carta al Señor Quintín Olano solicitándole la entrega de los mismos que habían sido trasladados al Panteón de Menéndez, para ser conservados y celosamente cuidados en un nicho municipal en el Cementerio de la ciudad.

N° 246108

Treinta y Tres, Junio 12 de 1935.

Sr Quintín Nuñez

CUCHILLA DE DIONISIO

Muy señor mío:

Habiendo resuelto esta Intendencia trasladar los restos de Dionisio Díaz a un nicho de propiedad Municipal lugar donde estarían mejor guardados, se entera de que dichos restos habían sido retirados por Ud. para trasladarlos al conocido panteón de Menéndez.

Entiende la Intendencia, todo Treinta y Tres y el País entero, que los restos de nuestro "Pequeño Dionisio" deben conservarse y cuidarse celosamente y que la tumba donde descansen los restos de nuestro héroe, sea el ejemplo vivo de nuestra raza y que las enseñanzas que su sacrificio nos legara sean conocidas y recordadas constantemente.

Es por ello que la Intendencia, respondiendo al clamor popular ha resuelto que sus queridos restos sean trasladados a nuestra necrópolis, dónde por decirlo así, estarán más en contacto con el pueblo y dónde próximamente se le tributará el homenaje que inmortalice su gesto heroico.

En virtud de lo expuesta, solicito a Ud. la entrega de los restos de nuestro pepqueño héroe, los cuales serán trasladados por cuente de este Municipio a un nicho de su propiedad.

Con tal motivo saludo a Ud. muy atte.

Pedro M. Macedo

Intendente

Patricio Guzmán

Secretario

 

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